• QUERER SER PLENAMENTE TUYO QUIERA

    Querer ser plenamente tuyo quiera,
    cuando el corazón ardiendo en ti anhele,
    y en ti mi única salvación espere,
    Oh mi Señor, Jesucristo, no tema.
    
    Sin embargo de mi el miedo se apodera,
    cuando en la barca la tormenta llegue,
    al pensar que perecer en ella pudiere,
    que tú el comandar mi barca quieras.
    
    Se tú timonel fuerte, recio y firme,
    Cabalga sobre las olas levantadas,
    Que mi vida en tus brazos confíe.
    
    Pues tú, Salvador, mi corazón guíes,
    Tú, Jesús, capitán de mi alma seas,
    Y amaneciendo a buen puerto arribe.

    K K

  • LA ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS

    Adoración de los Reyes Magos. Diego de Velazquez. 1619

    Poco sabemos de los Reyes Magos. Miles de teólogos e historiadores han redactado hipótesis sobre su origen y procedencia. Incluso el mismo Benedicto XVI llega a afirmar en su libro “La infancia de Jesús” que “difícilmente habrá un relato que haya inspirado más la fantasía, la investigación y la reflexión”. 

    Antes de adentrarnos al misterio de la Epifanía, os invito a sumergirnos en el autor, don Diego Velázquez del cuadro que hoy contemplamos. Como nos dice Ortega y Gasset: “No hay vida de hombre eminente a quien le hayan pasado menos cosas que a la vida de Velázquez”. Y es que del genio Sevillano poco se sabe más allá de su nacimiento en la ciudad hispalense y su temprano ingreso en la corte en 1623 como pintor del rey. El resto de su vida, pura y pasmosa rutina.

    Coinciden los expertos de arte al afirmar que el pintor poco se preocupaba del espectador sumergiendo toda su obra en un silencio, distancia y enigma. ¿No será éste un regalo para nosotros? Sumergirnos en la Epifanía a través de ese misterio de silencio, lejanía y enigma que envolvió a los tres Magos, aquellos que, al encontrarse al Dios de la humanidad, aquel Dios que seguramente esperaban grande e inmenso, fuerte y lleno de esplendor reducido a un Dios que cabe en el cuerpo de un recién nacido, se postraron ante Él sobrepasados por su majestuosidad.

    Ahora que está tan de moda citar a los “expertos”, podemos acudir a reflexiones tan interesantes de un verdadero experto como Alfonso Pérez Sánchez, director del Museo del Prado entre 1983 y 1991. Dice el mismo: “[…] el arte de Velázquez en su aparente inmediatez y claridad guarda un crecido número de enigmas… Ciertamente el pintor es, ante todo, un ojo que mira con prodigiosa profundidad y una mano que traza con seguridad y precisión asombrosas. Pero al servicio de una inteligencia cuya silenciosa reserva y cuyo distanciamiento meditativo, impone su misterio. Sería una pena dejar pasar esta afirmación sin intentar trasladarla a los tres sabios. ¿Acaso no fueron ellos los que se pusieron al servicio de una inteligencia saliendo inmediatamente en busca de misterio? ¿No buscaría el autor con su inmediata y clara pincelada imitar a aquellos que abandonaron sus palacios siguiendo a la estrella?

    No querríamos sacar demasiadas conclusiones y entiéndase todo esto como un ejercicio de imaginación y contemplación que quizá nos ayuden un poco más a entender este misterio y sumergirnos en el cuadro.

    Existen muy pocos cuadros religiosos de Diego Velázquez; seguramente el ser pintor de la corte le mantendría ocupado pintando retratos y escenas de la familia real y las diferentes hazañas de aquellos años. Entre su obra encontramos cuadros inspirados en motivos religiosos pero que no son plenamente cuadros religiosos como tal. Vemos por ejemplo “Cristo en casa de Marta” y “San Antonio Abad y san Pablo ermitaño”. Es característico en todos estos cuadros el ver cómo el pintor lleva el asunto principal a un segundo plano destacando en cambio una escena envolvente y secundaria, más no como una profanación, sino como una muestra de respeto hacia algo tan grande que no es digno siquiera de insinuar.

    Aun así, Velázquez en su larga vida si que llega a producir dos pinturas religiosas: “La Adoración de los Magos” y “La Coronación de la Virgen”. A diferencia de los anteriormente citados en éstos el motivo religioso se convierte en lo principal desvelándonos una escena donde poco importa lo que le rodea, lo importante es lo que ocurre. Llegamos así al primer punto: ¿qué se nos muestra en este cuadro? Dice Fernando Chueca Goítia: “en esta Adoración, el grupo de la Virgen y el Niño es uno de los fragmentos mejores donde aflora la ternura del alma del pintor. El hombre hermético, el genio de la displicencia, aquí se humaniza hasta un extremo verdaderamente conmovedor. ¿Podría ser una escena de familia donde figuran la mujer y un hijo del pintor? El niño fajadito entre pañales, con una carita viva y simpática, con su cabecita redonda, bien erguida y sus ojos como puntas de alfiler, es algo arrebatador”. ¿Qué debieron de sentir los Magos al encontrarse tan magnífica y tierna escena?

    Quisiera remarcar en este punto la humanidad del Hijo de Dios. En esta noche donde nos rebasa el hambre por lo sobrenatural nos encontramos con que el Hijo de Dios se hace hombre para que los hombres nos podamos hacer hijos de Dios. Vemos que Dios no se salta las leyes a la torera, si no que sigue las leyes de la encarnación invitándonos a descubrir lo extraordinario dentro de lo ordinario. Dándonos cuenta de la ineficacia del mundo materialista que trata de reducir el hombre a lo material, nos encontramos con que el hombre es trascendente y que es capaz de ver más allá descubriendo a Dios hecho niño. ¿No es también este el misterio de la Eucaristía?

    Con esta relación de la Epifanía y la Eucaristía pasamos al segundo punto. Estos cuadros religiosos no se pintan para ser colgados en una pared cualquiera; son cuadros de altar, situados justo detrás del mismo para que hacia él se dirigiese el sacerdote en la Santa Misa repitiendo y perpetuando el sacrificio incruento en el que el Hijo se ofrece al Padre para la remisión de nuestros pecados. Actualmente, por diversos cambios a la hora de celebrar la liturgia, el sacerdote ya no mira hacia estos cuadros en el momento de la Consagración, pero hagamos por un momento un esfuerzo de imaginación y contemplemos la escena en la que el sacerdote, hecho Cristo, eleva los santos dones a Cristo que a su vez los ofrece al Padre. ¿Qué sentiría el sacerdote al contemplar este cuadro en ese preciso momento? Viendo a Cristo vivo en la hostia elevada seguramente se sentiría un Mago más sumando el pan y el vino al incienso, el oro y la mirra. Por eso ahora os invito a haceros la siguiente pregunta: ¿qué ofrezco yo a Jesús en este momento, en el Adviento, en la Navidad?

    Los Magos son aquellos sabios astrónomos y poderosos que se hacen humildes ante Dios postrándose ante Él, como nosotros nos arrodillamos al reconocer a Cristo en el Pan. Reconocen al Niño regalándole los tres dones que reflejan su total naturaleza: el oro, la realeza; el incienso, su divinidad; y la mirra, su humanidad. Ante tal grandeza y sobrepasados por el misterio sus rodillas se postran. Sobrecogidos se hacen pequeños y se ponen a su servicio; anteponiéndose a aquella frase que el Niño diría treinta años después: si no os hacéis niños no entrareis en el Reino de los Cielos. Y es que con razón esta fiesta de la Epifanía se ha relacionado tradicionalmente con los niños. Solo los que son capaces de hacerse niños son capaz de ver a Dios. ¿Cómo no llenarnos de ternura al ver a un niño creer de verdad en los Reyes Magos y colocar sus zapatos esperando su visita? Y es que nuestra fe es atemporal y cada año se repite aquel misterio del nacimiento del Niño Jesús y la visita de los tres Reyes Magos de Oriente. Y nosotros, como niños, somos llamados a unirnos a los Reyes e ir a adorarle.

    Oriente representa las tierras más allá de Israel; los hombres de oriente son los gentiles y, Cristo mismo ya desde su nacimiento nos recuerda que todos estamos llamados a llegar a Dios, a reconocerle como Rey y a ser salvados. Los hombres no nos merecemos la redención, es Dios quien nos llama. No somos nosotros los que buscamos a dios, es Él quien nos busca. Y así, llegamos a la siguiente figura que nunca puede faltar en la Epifanía: la Estrella. Dios llama a los tres Reyes a través de ella, ella es el camino para llegar a Él, ¿y quién nos lleva a Cristo mejor que su Madre? Efectivamente, María es la Estrella, ella es quien nos muestra a su Hijo, ella es quien nos va guiando aun en la oscuridad, siempre acompañándole (hasta en los momentos más duros) y nunca separándose de Él. Cualquier podría darse cuenta de que en el cuadro falta la Estrella, más solo ha de agudizar mínimamente la mirada para darse cuenta de que sí que está en el cuadro; está sosteniendo al niño que ilumina toda la escena y a toda la humanidad.

    No queremos irnos por las ramas con el asunto de la Virgen y la Estrella, ¿pero acaso en Fátima no bailó el Sol? Como repetimos en las letanías del Santísimo Rosario, ella es la Estrella de la mañana y las profecías decían que una Virgen dará Luz a un niño, y es que no hay mayor fuente de luz que una estrella.

    Para ir terminando, miremos a San José formando la Sagrada Familia. Dios Padre nos hace hijos con los mismos derechos y deberes que el Hijo y con la misma herencia; y es que Dios se refugia en la familia que es el gran baluarte de nuestra fe. ¡Qué necesarios son verdaderos San Josés que protejan a sus familias y estén dispuesto a todo por ellas! No es casualidad que en esta escena el mal se concentre en Herodes y la matanza de los inocentes. Herodes, aquel que en lugar de postrarse ante Dios como los Reyes utiliza a Dios para que los hombres se postren ante él.

    La verdad del amor de Cristo se ha refugiado en la familia. Por eso, una vez más, podremos maravillarnos y celebrar la fiesta de la familia que se da en todos los 6 de enero, al despertar, cuando los niños emocionados abren sus regalos, y los padres, conteniendo sus lágrimas en los ojos, los contemplan deseando hacerse al igual que ellos por un día volviendo a ver a los Reyes Magos y siendo capaces de reconocer al Salvador postrado en un pesebre hecho Rey con su máximo esplendor.

  • Kolia Krasotkin

    —¿Por qué ahogarlos? —se sonrió Aliosha.

    —Bueno, es posible que haya soltado alguna tontería, lo confieso. A veces soy un niño terrible, y cuando me alegro por alguna cosa no me domino y estoy dispuesto a soltar toda clase de sandeces. Escuche, usted y yo, sin embargo, hablamos aquí de nimiedades mientras ese doctor se ha atascado ahí hace mucho. Aunque es posible que también visite a la «mamá» y a esa Nínochka, lisiada. ¿Sabe?, esta Nínochka me ha gustado. Cuando yo salía, me ha susurrado: «¿Por qué no ha venido antes?». ¡Y con qué voz me lo ha dicho, como un reproche! Me parece que es enormemente buena y digna de lástima.

    —¡Si, sí! Usted ahora vendrá con frecuencia y verá qué persona es ésta. A usted le será muy útil conocer personas como ella para aprender a estimar muchas cosas que llegará a conocer precisamente tratando a personas asi —manifestó Aliosha con calor—. Esto será lo mejor para hacerle cambiar.

    —¡Oh, cuánto siento y me reprocho no haber venido antes! —exclamó Kolia con amargo sentimiento.

    —Si, es una pena. ¡Usted mismo ha podido observar qué impresión de alegría ha producido en el pobre pequeño! ¡Y cómo se consumía esperándole!

    —¡No me lo recuerde! Me revuelve usted el alma. De todos modos, me lo merezco: no venía por amor propio, por un amor propio egoísta y por ese vil despotismo de que no puedo librarme en toda la vida, aunque toda la vida me esfuerzo para lograrlo. Ahora lo veo, ¡en muchas cosas soy un canalla, Karamázov!

    —No, usted es una naturaleza encantadora, aunque extraviada, y comprendo muy bien que haya podido ejercer tanta influencia sobre este noble muchacho de sensibilidad enfermiza —respondió con viveza Aliosha.

    —¡Y es usted quien me lo dice! —gritó Kolia—, Pues yo, figúrese, creía… ¡desde que estoy aquí ya he pensado varias veces que usted me despreciaba! ¡Si supiera cuánto estimo su opinión!

    —¿Pero es posible realmente que sea usted tan susceptible? ¡A su edad! Sin embargo, figúrese, allí, en el cuarto contemplándole cuando estaba usted contando sus historias, pensaba precisamente que debe usted de ser muy susceptible.

    —¿Ya lo había pensado? Vaya, qué vista tiene usted, iCaramba! Apuesto a que fue cuando yo contaba lo del ganso. Entonces, precisamente, me imagine que usted me despreciaba con toda el alma porque me apresuraba a hacerme el guapo y hasta de pronto le odié por esto y empecé a hablar sin ton ni son. Luego (ya ha sido ahora, aquí), cuando he dicho: «Si no existiera Dios, haría falta inventarlo», me he

    imaginado que me apresuraba demasiado a lucir mi instrucción, tanto más cuanto que he leído esta frase en un libro. Pero le juro que si me he apresurado a mostrar mis conocimientos, no ha sido por vanidad, sino sin pensar, no se por qué, de alegria, me parece que de alegría, se lo juro… aunque es un rasgo rotundamente vergonzoso el que uno fastidie a todo el mundo por alegría. Lo sé. En cambio, ahora estoy convencido de que usted no me desprecia y de que todo eso me lo había inventado yo. Oh, Karamázov; soy muy desgraciado. A veces, sabe Dios que me imagino que todos se ríen de mí, todo el mundo, y entonces, sencillamente, estoy dispuesto a arremeter contra todo el orden de las cosas.

    —Y tortura a quienes le rodean —se sonrió Aliosha.

    —Y torturo a quienes me rodean, sobre todo a mi madre. Dígame, Karamázov, ¿soy muy ridículo ahora?

    —Pero no piense en esto, ¡no piense en esto en absoluto! —exclamó Aliosha—. Además, ¿qué significa ser ridículo? ¿Quién sabe cuántas veces un hombre es o parece ridículo? Por otra parte, hoy en día casi todas las personas bien dotadas temen en gran manera ser ridículas, y esto las hace desdichadas. Lo único que me sorprende es que usted haya comenzado a experimentarlo tan pronto, si bien hace ya tiempo que lo observo y no sólo en usted. Ahora, casi hasta los niños han empezado a sufrir por lo mismo. Es poco menos que una locura. En este amor propio se ha encarnado el diablo y se ha introducido en toda la generación, ha sido precisamente el diablo —añadió Aliosha, sin bromear en lo más mínimo, contra lo que había pensado por un momento Kolia, que le miraba fijamente—. Usted es como todos —concluyó Aliosha—; quiero decir como muchos, pero no hay que ser como todos, ésta es la cuestión.

    —¿Incluso a pesar de que todos sean así?

    —Sí, a pesar de que todos sean así. Por lo menos usted no lo sea. En realidad, usted no es como todos: usted ahora no se ha avergonzado de confesar lo malo y hasta lo ridículo. ¿Y quién lo confiesa hoy? Nadie, la gente hasta ha dejado de sentir la necesidad de censurarse a sí misma. Pues bien, no sea como todos; aunque no quede nadie más distinto de los otros, aunque sea solo, no sea como los otros.

    —¡Magnífico! No me he equivocado con usted. Usted es capaz de dar ánimos. ¡Oh, cómo deseaba acercarme a usted, Karamázov, cuánto tiempo hace que buscaba la ocasión de tratarle! ¿Es posible que también usted pensara en mí? ¿No acaba de decir que también pensaba en mi?

    —Sí, he oído hablar de usted y también en usted he pensado… y si, en parte, ha sido también el amor propio lo que le ha movido ahora a preguntarlo, no importa.

    —¿Sabe, Karamázov, que nuestras explicaciones se parecen a una declaración de amor? —preguntó Kolia con una rara voz temblorosa y como avergonzado—. ¿No es esto ridículo? ¿No es ridículo?

    —No es ridículo en lo más mínimo, y aunque lo fuera no importa, porque es bueno —repuso Aliosha con una luminosa sonrisa.

    —Pues ha de saber, Karamázov, que usted mismo se siente ahora un poco avergonzado de estar conmigo, confiéselo… Se lo veo en los ojos. —Kolia se sonrió con cierta malicia, pero también con una expresión casi de felicidad.

    —¿De qué he de avergonzarme?

    —¿Por qué se ha sonrojado, pues?

    —¡Ha sido usted quien me ha hecho sonrojar! —exclamó Alioshia riéndose, y, en efecto, se puso completamente rojo. Bueno, sí, estoy un poco avergonzado, sabe Dios de qué, no sé de qué… —balbuceó, algo confuso.

    —¡Oh, cómo le quiero y le estimo en este momento, precisamente porque también usted se siente algo avergonzado conmigo! ¡Porque es como yo! —exclamo Kolia lleno de entusiasmo. Las mejillas le ardian, le brillaban los ojos.

    —Escuche, Kolia, con todo, usted será un hombre muy desgraciado en la vida —dijo de pronto Aliosha, como si se le hubiera ocurrido algo.

    —Lo sé, lo sé. ¡Todo lo ve usted con anticipación! —asintió inmediatamente Kolia.

    —En conjunto, de todos modos debe bendecir la vida.

    —¡Exacto! ¡Hurra! ¡Usted es un profeta! Oh, nosotros nos haremos amigos, Karamázov! ¿Sabe? Lo que más me entusiasma es que usted me trata exactamente como a un igual. Sin embargo, no somos iguales, no, no somos iguales, usted es superior! Pero nos haremos amigos. ¿Sabe? Durante todo este último mes me he dicho: «¡O nos hacemos de una vez amigos para toda la vida, o desde la primera vez nos separaremos como enemigos hasta la tumba!».

    —¡Y al hablar así, naturalmente, ya me quería! —Aliosha se rió alegremente.

    —Le quería, le quería mucho, ¡le quería y soñaba con usted! ¿Cómo puede saberlo todo con anticipación? Ea, aquí está el doctor. ¡Dios del cielo, algo va a decir, fíjese qué cara la suya!

    Los hermanos Karamázov. Fiodor Dovstoievski. Cuarta parte. Libro décimo. Los niños. 6. Precoz desarrollo.