Kolia Krasotkin

—¿Por qué ahogarlos? —se sonrió Aliosha.

—Bueno, es posible que haya soltado alguna tontería, lo confieso. A veces soy un niño terrible, y cuando me alegro por alguna cosa no me domino y estoy dispuesto a soltar toda clase de sandeces. Escuche, usted y yo, sin embargo, hablamos aquí de nimiedades mientras ese doctor se ha atascado ahí hace mucho. Aunque es posible que también visite a la «mamá» y a esa Nínochka, lisiada. ¿Sabe?, esta Nínochka me ha gustado. Cuando yo salía, me ha susurrado: «¿Por qué no ha venido antes?». ¡Y con qué voz me lo ha dicho, como un reproche! Me parece que es enormemente buena y digna de lástima.

—¡Si, sí! Usted ahora vendrá con frecuencia y verá qué persona es ésta. A usted le será muy útil conocer personas como ella para aprender a estimar muchas cosas que llegará a conocer precisamente tratando a personas asi —manifestó Aliosha con calor—. Esto será lo mejor para hacerle cambiar.

—¡Oh, cuánto siento y me reprocho no haber venido antes! —exclamó Kolia con amargo sentimiento.

—Si, es una pena. ¡Usted mismo ha podido observar qué impresión de alegría ha producido en el pobre pequeño! ¡Y cómo se consumía esperándole!

—¡No me lo recuerde! Me revuelve usted el alma. De todos modos, me lo merezco: no venía por amor propio, por un amor propio egoísta y por ese vil despotismo de que no puedo librarme en toda la vida, aunque toda la vida me esfuerzo para lograrlo. Ahora lo veo, ¡en muchas cosas soy un canalla, Karamázov!

—No, usted es una naturaleza encantadora, aunque extraviada, y comprendo muy bien que haya podido ejercer tanta influencia sobre este noble muchacho de sensibilidad enfermiza —respondió con viveza Aliosha.

—¡Y es usted quien me lo dice! —gritó Kolia—, Pues yo, figúrese, creía… ¡desde que estoy aquí ya he pensado varias veces que usted me despreciaba! ¡Si supiera cuánto estimo su opinión!

—¿Pero es posible realmente que sea usted tan susceptible? ¡A su edad! Sin embargo, figúrese, allí, en el cuarto contemplándole cuando estaba usted contando sus historias, pensaba precisamente que debe usted de ser muy susceptible.

—¿Ya lo había pensado? Vaya, qué vista tiene usted, iCaramba! Apuesto a que fue cuando yo contaba lo del ganso. Entonces, precisamente, me imagine que usted me despreciaba con toda el alma porque me apresuraba a hacerme el guapo y hasta de pronto le odié por esto y empecé a hablar sin ton ni son. Luego (ya ha sido ahora, aquí), cuando he dicho: «Si no existiera Dios, haría falta inventarlo», me he

imaginado que me apresuraba demasiado a lucir mi instrucción, tanto más cuanto que he leído esta frase en un libro. Pero le juro que si me he apresurado a mostrar mis conocimientos, no ha sido por vanidad, sino sin pensar, no se por qué, de alegria, me parece que de alegría, se lo juro… aunque es un rasgo rotundamente vergonzoso el que uno fastidie a todo el mundo por alegría. Lo sé. En cambio, ahora estoy convencido de que usted no me desprecia y de que todo eso me lo había inventado yo. Oh, Karamázov; soy muy desgraciado. A veces, sabe Dios que me imagino que todos se ríen de mí, todo el mundo, y entonces, sencillamente, estoy dispuesto a arremeter contra todo el orden de las cosas.

—Y tortura a quienes le rodean —se sonrió Aliosha.

—Y torturo a quienes me rodean, sobre todo a mi madre. Dígame, Karamázov, ¿soy muy ridículo ahora?

—Pero no piense en esto, ¡no piense en esto en absoluto! —exclamó Aliosha—. Además, ¿qué significa ser ridículo? ¿Quién sabe cuántas veces un hombre es o parece ridículo? Por otra parte, hoy en día casi todas las personas bien dotadas temen en gran manera ser ridículas, y esto las hace desdichadas. Lo único que me sorprende es que usted haya comenzado a experimentarlo tan pronto, si bien hace ya tiempo que lo observo y no sólo en usted. Ahora, casi hasta los niños han empezado a sufrir por lo mismo. Es poco menos que una locura. En este amor propio se ha encarnado el diablo y se ha introducido en toda la generación, ha sido precisamente el diablo —añadió Aliosha, sin bromear en lo más mínimo, contra lo que había pensado por un momento Kolia, que le miraba fijamente—. Usted es como todos —concluyó Aliosha—; quiero decir como muchos, pero no hay que ser como todos, ésta es la cuestión.

—¿Incluso a pesar de que todos sean así?

—Sí, a pesar de que todos sean así. Por lo menos usted no lo sea. En realidad, usted no es como todos: usted ahora no se ha avergonzado de confesar lo malo y hasta lo ridículo. ¿Y quién lo confiesa hoy? Nadie, la gente hasta ha dejado de sentir la necesidad de censurarse a sí misma. Pues bien, no sea como todos; aunque no quede nadie más distinto de los otros, aunque sea solo, no sea como los otros.

—¡Magnífico! No me he equivocado con usted. Usted es capaz de dar ánimos. ¡Oh, cómo deseaba acercarme a usted, Karamázov, cuánto tiempo hace que buscaba la ocasión de tratarle! ¿Es posible que también usted pensara en mí? ¿No acaba de decir que también pensaba en mi?

—Sí, he oído hablar de usted y también en usted he pensado… y si, en parte, ha sido también el amor propio lo que le ha movido ahora a preguntarlo, no importa.

—¿Sabe, Karamázov, que nuestras explicaciones se parecen a una declaración de amor? —preguntó Kolia con una rara voz temblorosa y como avergonzado—. ¿No es esto ridículo? ¿No es ridículo?

—No es ridículo en lo más mínimo, y aunque lo fuera no importa, porque es bueno —repuso Aliosha con una luminosa sonrisa.

—Pues ha de saber, Karamázov, que usted mismo se siente ahora un poco avergonzado de estar conmigo, confiéselo… Se lo veo en los ojos. —Kolia se sonrió con cierta malicia, pero también con una expresión casi de felicidad.

—¿De qué he de avergonzarme?

—¿Por qué se ha sonrojado, pues?

—¡Ha sido usted quien me ha hecho sonrojar! —exclamó Alioshia riéndose, y, en efecto, se puso completamente rojo. Bueno, sí, estoy un poco avergonzado, sabe Dios de qué, no sé de qué… —balbuceó, algo confuso.

—¡Oh, cómo le quiero y le estimo en este momento, precisamente porque también usted se siente algo avergonzado conmigo! ¡Porque es como yo! —exclamo Kolia lleno de entusiasmo. Las mejillas le ardian, le brillaban los ojos.

—Escuche, Kolia, con todo, usted será un hombre muy desgraciado en la vida —dijo de pronto Aliosha, como si se le hubiera ocurrido algo.

—Lo sé, lo sé. ¡Todo lo ve usted con anticipación! —asintió inmediatamente Kolia.

—En conjunto, de todos modos debe bendecir la vida.

—¡Exacto! ¡Hurra! ¡Usted es un profeta! Oh, nosotros nos haremos amigos, Karamázov! ¿Sabe? Lo que más me entusiasma es que usted me trata exactamente como a un igual. Sin embargo, no somos iguales, no, no somos iguales, usted es superior! Pero nos haremos amigos. ¿Sabe? Durante todo este último mes me he dicho: «¡O nos hacemos de una vez amigos para toda la vida, o desde la primera vez nos separaremos como enemigos hasta la tumba!».

—¡Y al hablar así, naturalmente, ya me quería! —Aliosha se rió alegremente.

—Le quería, le quería mucho, ¡le quería y soñaba con usted! ¿Cómo puede saberlo todo con anticipación? Ea, aquí está el doctor. ¡Dios del cielo, algo va a decir, fíjese qué cara la suya!

Los hermanos Karamázov. Fiodor Dovstoievski. Cuarta parte. Libro décimo. Los niños. 6. Precoz desarrollo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: